
El no amo sino, quiero; es una lacra en los fundamentos de la cultura judeocristiana que nos sitúa en los límites de la precariedad cultural que se devalúa in extremis en el concepto de producto.
En realidad, no deja de ser una miopía conceptual que se muestra con ojos de hipermétrope para que se pueda ver.
En realidad, no deja de ser una miopía conceptual que se muestra con ojos de hipermétrope para que se pueda ver.
Los conceptos de imagen y semejanza se querellan con el entendimiento hasta el punto de deformarlos y de, llegar a creer que nuestra forma, es la que Es.
Nada más falso que igualar la representación con la idea o que privar de dimensión a la semejanza.
Se llega al punto del barbarismo con la enajenación mental de considerar desequilibrios entre los géneros o los sexos o de ponderar rasgos, o de enfrentar naturalezas.
Todo para llegar a un orden social y cultural en el que el sacrificio está a la orden del día.
¿Cómo es posible que del testimonio de la barbarie y de la inutilidad del sacrificio para los hombres, se continúe dando fe en exceso del primero?
¿Cómo es posible aprehender si se dispersan los conceptos? Y aunque no se hiciera, ¿Quien es capaz de reconocer que arrastramos 2000 años de equivocaciones?
La verdad es que con tanto fardo y tanta estupidez, proliferan los escépticos. Se comienza con el ejercicio de la duda y la espiral acaba por marearte.
Aunque no lo parezca, se potencia el nihilismo y la gente, no protesta.
En una de cualquier entrevista, se pregunta al encuestado si se considera un producto cultural.
Y éste o ésta sale por peteneras.
-¡Oiga, que con otro u otra soy capaz de reproducirme!
Pues no. Usted pertenece a la categoría de producto y a callar. Que esto es una industria.
Y lo malo es que se acepta el código y se aplica. O se pasa a la siguiente novedad. Funciona o no funciona. Como si al enchufarnos a la máquina, se encendiera la luz de las ventas o por el contrario se encendiese la del retorno a la pila.
Las colas, enormes. Y si te toca el gordo, ya sabes: mutis. Te han dado un papel.
Recuerdo a una que se borró y todos la tuvieron que borrar. En este país pasa de todo, y eso es bueno.
Pero me alegro mucho por el que disfruta, dentro o fuera, de este gran teatro. Por el que no siente el terrible peso de los días y es capaz de ser tan relativo que, como el gran houdini, despista y burla al público que le aplaude. Supongo que de ahí viene el vocablo estrella.
Y todos lo ven y lo estrenan. Como si fuera una aparición reconocida. Porque lo es.
Nada más falso que igualar la representación con la idea o que privar de dimensión a la semejanza.
Se llega al punto del barbarismo con la enajenación mental de considerar desequilibrios entre los géneros o los sexos o de ponderar rasgos, o de enfrentar naturalezas.
Todo para llegar a un orden social y cultural en el que el sacrificio está a la orden del día.
¿Cómo es posible que del testimonio de la barbarie y de la inutilidad del sacrificio para los hombres, se continúe dando fe en exceso del primero?
¿Cómo es posible aprehender si se dispersan los conceptos? Y aunque no se hiciera, ¿Quien es capaz de reconocer que arrastramos 2000 años de equivocaciones?
La verdad es que con tanto fardo y tanta estupidez, proliferan los escépticos. Se comienza con el ejercicio de la duda y la espiral acaba por marearte.
Aunque no lo parezca, se potencia el nihilismo y la gente, no protesta.
En una de cualquier entrevista, se pregunta al encuestado si se considera un producto cultural.
Y éste o ésta sale por peteneras.
-¡Oiga, que con otro u otra soy capaz de reproducirme!
Pues no. Usted pertenece a la categoría de producto y a callar. Que esto es una industria.
Y lo malo es que se acepta el código y se aplica. O se pasa a la siguiente novedad. Funciona o no funciona. Como si al enchufarnos a la máquina, se encendiera la luz de las ventas o por el contrario se encendiese la del retorno a la pila.
Las colas, enormes. Y si te toca el gordo, ya sabes: mutis. Te han dado un papel.
Recuerdo a una que se borró y todos la tuvieron que borrar. En este país pasa de todo, y eso es bueno.
Pero me alegro mucho por el que disfruta, dentro o fuera, de este gran teatro. Por el que no siente el terrible peso de los días y es capaz de ser tan relativo que, como el gran houdini, despista y burla al público que le aplaude. Supongo que de ahí viene el vocablo estrella.
Y todos lo ven y lo estrenan. Como si fuera una aparición reconocida. Porque lo es.
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